22.6.12

Decisiones, cada día... ¡y cómo cuestan!

2 de enero de 2009. Enferma en una casa de playa. El celular sonó. Me ofrecieron otro trabajo. Lloré de la emoción.

Sí, trabajaba como practicante profesional en la CGR, en el área de Prensa, y ya estaba harta de la hija de puta de mi jefa que me tenía de sub secretaria todo el día; en mis ratitos libres, me ganaba un sencillo freeleando para blogs.com.pe, redactando algunos posts, porque con la porquería de sueldo que tenía, era imposible vivir decentemente.

Esa llamada que me hizo mi, hasta hoy, jefa, fue una de las más lindas, debo reconocerlo. Y no solo me cambié de trabajo y empecé en Inventarte el 5 de enero siguiente a la llamada, sino que han sido 3 años y medio súper lindos.

No sé si alguna vez agradecí la confianza que depositaron en mí al darme esa llamada, o al ascenderme y hacerme responsable de Mujer Activa (a quien quiero como si fuera mi hijita), o cuando tuve que hacer un par de propuestas para clientes -cuando realmente ni siquiera sabía cómo hacerlas-, pero creo que ese agradecimiento lo hice a través de mi trabajo y de mi compromiso con la empresa hasta el día de hoy.


No pensé que tomar la decisión de irme me iba a hacer sentir tan, pero tan triste. Me costó un par de meses pensar en el ofrecimiento que me hicieron, hasta que tuve el panorama más claro y pude dar una respuesta. No pensé llorar, no pensé sentir esta tremenda nostalgia. Qué feo, por mi mare...

Me voy con una mezcla de sensaciones terribles, pero sé, también, que he tomado una certera decisión, porque quedarse con el "y qué hubiera pasado sí...", realmente me hubiera atormentado por el resto de mi existencia. También me voy contenta por la gente que he conocido, por los amigos que he hecho, por toda la increíble experiencia que ha sido trabajar en esta isla, porque eso es lo que es, una isla tranquila, divertida, alejada de la locura del mundo oficinista que te exige marcar tarjeta porque sino te descuentan por cada minuto que te demoraste en regresar después del almuerzo.


Los quiero infinitamente, y no tienen ni idea de cuánto los voy a extrañar, porque 1,264 días compartidos con casi casi las mismas personas, no se olvidan tan fácilmente. Los almuerzos no serán los mismos, de eso estoy segura.

Hoy me despedí de mi teclado de la misma manera en la que llegué a esta oficina: redactando. Ya no lo hacía desde hace un tiempo (salvo excepciones, porque realmente me gusta escribir y lo hacía con todas las ganas del mundo), era editora, pero es un granito de arena más para esta hija mía virtual. Ojalá traiga muchas visitas este post, mi último post.


¡Gracias infinitas, familia Inventarte!

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