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25.5.12

Ese sobrenombre que se convirtió en amor


Capulí. Cada vez que mi madre pronunciaba esa palabra, se escarapelaba el cuerpo. Ese era el nombre con el que designaba mi color de piel, porque no soy ni totalmente blanca como ella, ni negra, ni chola, ni serrana, ni zamba... Soy color capulí.

Por lo general, mi madre me mandaba a hacer ropa, cosa que demandaba ('lógicamente') sendas visitas a la costurera, visitas que me tenían hinchada. La dichosa mujer vivía en La Perla, en el otro extremo de la ciudad, y eran horas de horas que me pasaba sentada viendo televisión (sin cable) o jugando con los adornitos que la señorita tenía en su sala, hasta que se dignaran a dejar de parlotear.

Previamente a las visitas a la bendita costurera, teníamos que
ir en busca de las telas. Íbamos o al mercado de Jesús María, o al de Lince, o al de Magdalena (a la tienda del señor Marino, esposo de la señora Marina). Mi madre señalaba los rollos de tela y se los bajaban; acto seguido, los acercaba a mi cara "para ver si es un color que te levanta y te asienta, hijita". Obvio, yo no podía usar cualquier color, tenían que ser fuertes: fucsia, naranja, turquesa... porque sino, mi madre pegaba el grito en el cielo (nada podía hacer que se me viera más oscura).

Y sí, no solo era con la ropa, también con los
millones de ganchos, moños y vinchas que me ponía en la cabeza para que se me viera menos capulí en todo momento; me sentía empacada y coronada con un lazo de regalo, y no olviden que además de los adornos de la cabeza, los colores estridentes de mi ropa hacían también lo suyo.

De pronto, y antes de que me diera cuenta, ese sobrenombre que me puso la cruz encima, se convirtió en algo lindo. No sé si él se dio cuenta de lo horrible que había sido para mí ser catalogada dentro del rango 'color capulí'. No sé si simplemente se le ocurrió llamarme así porque quizá le pareció bonito. No sé, nunca le he preguntado, pero
cada vez que me llama por teléfono y me dice "hola, mi capulí", se me encoge el corazón.

Me imagino que a él también se le debe encoger el corazón cada vez que se ve al espejo y mira ese
tatuaje que se hizo en el pecho, al lado izquierdo: un capulí en fruto, y una flor de capulí. Me gusta ver ese tatuaje a mí también, porque me hace recordar que él convirtió ese sobrenombre denigrante, en amor. Amor.

3.5.12

A propósito del Día del Trabajo

Mis genes de querer ganar dinero vienen desde tiempos remotos, cuando empecé a venderle a uno de mis hermanos unos pequeños negativos de Blanca Nieves; a otro hermano (sí, somos muchos) le lavaba el carro con la intención de sacar alguito, pero creo que nunca me pagó por eso. Luego, en 5to de primaria, me hice una platita en base a mi gran colección de stickers que los ilusos de mi colegio me compraban por S/.0.50 o S/.1.00.

Hace dos años cumplí una década de pertenecer a esa "divina" parte de la población que trabaja y se gana los frejoles de honradas maneras. Sí, fue en el verano del año 2000, cuando una ex cuñada mía me cedió su chamba de profesora de inglés en un instituto pichiruchi en Chorrillos. Me despertaba tempranito, chapaba mi combi y llegaba a mi centro de labores, muy feliz yo; tenía a mi cargo a unos 5 o 6 alumnitos, (todos criters, por cierto) y en el recreo que tenían, yo salía a comprarme coco dulce en el ambulante de la esquina. Obviamente, nadie nunca se enteró de que yo tenía 16 jóvenes años... Con ese primerísimo sueldo, corrí a GMO y me compré mis primerísimos lentes de contacto.


Luego de esa experiencia (y de que me gustara la plata), me recurseé de mil maneras: fui mesera en un restaurante hindú, vendí joyería Ilaria en el aeropuerto, fui reportera de un programa que transmitían por Soyuz, trabajé en la Contraloría General de la República, hice y vendí kekes en la universidad (a luka, caserita), tuve freelos como redactora y consultora de comunicaciones, fui niñera, repartí boletos de tómbola en un evento de la universidad, la hice como maquilladora por un día, posé para unas fotos de Apropo, vendí ropa en una tienda del Jockey Plaza, preparo y vendo cupcakes...

También tuve mi propia marca de ropa y accesorios, "Flor. Hecho a mano", junto a una amiga del colegio (con la que también organicé una fiesta pro fondos, ¡jajaja!). Ella y yo nos amanecíamos haciendo aretes, collares, pulseras, dijes, accesorios para el celular y todo lo que se nos ocurriera en la inmensidad de noche, sentadas en su cama. Tuvimos nuestros honrados puestos de venta en varias universidades cada vez que había feria: PUCP, UL y USMP. Incluso, tuve la suerte de sentarme con ella en una vereda, afuerita de la facultad de odontología de la USMP, con nuestra bisutería hecha a mano dispuesta a venderse como pan caliente. Y cuando pasaba el señor de las manzanas acarameladas, nos dábamos un break y cada una con su manzana en mano, hacíamos 'cronch, cronch' con los dientes mientras contábamos las monedas que nos habían caído esa tarde.

Encontré un diseño de tarjeta que hice cuando mi amiga y yo
teníamos nuestro negocito (no nos llames, ya no antendemos)

Creo que todo lo que he hecho en mi corta vida ha sido por las ganas de no querer salir a la calle sin dos monedas para la Coca Cola del día, para poder comprarme ese esmalte que tanto me gustó o para sentarme a tomar un café sin esperar a que me lo paguen. Es rico ganarte tu propia plata, ser miembro de la PEA (y no de la PENA...), darte tus gustos, pero sobre todo, es más importante darle el valor que merece eso que te ganaste sacándote la mierda, así hayas lavado inodoros en un restaurante o le hayas limpiado el poto a la viejita que te contrató para que la cuides. Todo se hace con esfuerzo y todo esfuerzo debe hacerse con ganas. Feliz Día del Trabajador:)

13.3.12

¿Por qué nos dejaste?


Llegué del colegio, como siempre antes de las 4pm, y mi hermano me recibió con la peor noticia: "tu Dalina favorita se murió". Yo no tenía idea de lo que había pasado y creo que no vi el programa el domingo anterior, porque la novedad me cayó como un baldazo de agua helada.

Exactamente, no recuerdo qué sentí, solo pensé "ojalá sea una mentirita" y un cuchillo en mi estómago me atravesó. No lloré; no me acuerdo o no quiero acordarme. Fue demasiado triste. Es demasiado triste.

No entiendo qué era lo malo que podía pasar por la mente de esa mujer tan bella que hacía que me despierte los sábados y domingos antes de las 8 de la mañana para verla bailar, reír, jugar; para empezar el día con un Grántico Pálmani Zum.

Yo, por supuesto, bailaba con ella y aplaudía para que el equipo rojo gané la batalla siempre. Sentía que yo tenía la magia y el poder para hacer mil cosas, y me cuidaba mirando a todos lados esperando llegar al fin de semana, no para comerme un helado de frambuesa o para pasear en bicicleta, sino para verla, solo para verla.

No hay muerte, hasta ahora, que me duela más. No puedo leer acerca de ella, ni ver videos en los que aparezca, porque inmediatamente me siento inmensamente triste, como con un vacío en el estómago y con mil preguntas en la cabeza que ella jamás podrá absolver.

Tengo pensado ir a dejarle flores algún día y ver si es que alguien más se acuerda de ella, si es que ese pastito alrededor de donde está, se encuentra adornado y tiene más colores que ese simple verde planta.

Hoy, son 18 años desde que nos dejaste, Mónica.

¿Por qué?

9.3.12

De vinchas, ganchos y otros demonios


Siempre me gustaron las vinchas, pero de pronto, un día, las dejé de usar. Creo que ya no se veían muy de moda en mi tardía adolescencia y lo último que quería era verme como taradita en esa época en la que alucinas que todo el mundo te mira y se burla de ti. Una vez superado el teen-trauma, pude volver a los accesorios de pelo.

Y digo "pude volver" porque me acuerdo claramente cómo mi madre decoraba mi cabeza con adornos de todo tipo hasta el punto de parecer un empaque de regalo navideño. Ganchitos, ganchotes, vinchas, colletes pomposos, ligas de la Barbie... Todo para que se me vea "más presentable".

Revisando mi pasaportes antiguos, vi la foto y me acordé de ese moño de cintas azules, rojas y blancas. Creo que en ese entonces se usaba mucho la combinación tipo escocesa: rojo-azul-blanco, rojo-verde-azul, guinda-azul-verde y demás colores nada infantiles. Creo que mi progenitora me trajo el bendito accesorio de un viaje que hizo a los yunaites; combinaba a la perfección -además de con mi ropa de niña buena- con mi pulcro y pituco uniforme escolar.

Otro moño interesante que se puso de moda fue el de los cientos de pasadores de mil colores que siempre venían en degradé. Mi modelo tenía tonos neón, recontra noventera yo. Por supuesto, antes de ponerme el gancho, mi madre o mi hermana (a quien le tocara peinarme) tenían su bien aprendido ritual: primero me hacían una cola bien ajustada que me dejaba china, me ordenaban los pelitos sobrantes con un poco de agua (agua que no siempre tenían a la mano, entonces me jalaban de la cola hacia el baño), peinaban bien bien con el antiguo cepillo rojo Goody y coronaban con el gancho del mal (¿¿acaso no se daban cuenta de lo horrible que puede verse la combinación liga-moño??). No salía de casa sin mi cabeza decorada.

Las vinchas eran otra jarana; mi madre las utilizaba para quitarme el pelo de la cara y para que no se me vea "más oscurita", porque ella tenía la teoría de que una niña gordita y de color capulí (¡so sorry, ese es mi color!) se vería más gordita y más capulí si andaba por la vida mal vestida y con el pelo desordenado, así que las tenía de todos los colores, y si podía usar la combinación vincha-cola de caballo-gancho, ¡más feliz se ponía!

Los ganchos y las vinchas me gustaban, pero creo que era la manera en las que me los hacían usar y los rituales antes de salir de la casa los que no me emocionaba. Felizmente, no me ha pasado como con la cera. Esta vez no me traumaron y ahora tengo una bonita colección de cochinadas para el pelo que uso cuando puedo, pero, eso sí, estas no me dejan china.

24.10.10

Show de Nubeluz 20 años después: ¡Grántico, Pálmani, Zum!

La espera valía la pena. Despertarme los sábados y domingos antes de las 8 de la mañana para esperar aquel programa, hacer barras por mi equipo favorito y bailar todititas las canciones que ya me sabía de memoria. Nubeluz fue todo un ícono infantil en los noventas, y tanto fue la fama que tuvo, que se extendió desde Perú a varios países alrededor del mundo.

El programa salió al aire un 1 de setiembre de 1990. Hoy, 20 años después, voy a volver a cantar y bailar esas canciones. El show que prometen los integrantes de Nubeluz es espectacular, así que no vale perdérselo. De hecho ya estoy practicando para ese día. Ya me bajé todas las canciones desde la página oficial y las guardé en mi humilde Mp4; me dan tanta nostalgia... y como soy una llorona, segurito que chillo en el show.

Nunca me llevaron a la nube, pero con mi independencia (y la edad) voy a poder pagarme la entrada. El show de Nubeluz 20 años después va a ser en dos diferentes fechas y zonas de Lima:
Las entradas ya están vendiéndose en Teleticket y según los organizadores ya están volando. Los precios son bastante accesibles y son los mismos para todas las fechas:
  • Zum: S/. 32.
  • Pálmani: S/. 53.
  • Grántico: S/. 84.
  • Glúfico: S/. 105.
Además de todo lo que nos espera, el show de Nubeluz también servirá como un homenaje a Mónica Santa María, mi dalina favorita, desaparecida desde marzo de 1994, pero jamás olvidada. Digamos que Almendra le debe bastante, porque fue Mónica quien la recomendó cuando todavía se estaban haciendo los castings.


¿Quiénes del elenco se han vuelto a juntar? Las dalinas, gólmodis y cíndelas ya están ensayando para nosotros:
  • Almendra Gomelsky - Dalina.
  • Lily Braun - Dalina.
  • Rossana Fernández-Maldonado - Cíndela.
  • Anna Carina Copello - Cíndela.
  • Daniela Serfaty - Cíndela.
  • Anabel Elías - Cíndela.
  • Antuané Elías - Cíndela.
  • Noelia Cogorno - Cíndela.
  • Marco Zunino - Gólmodi.
  • Cristian Rivero - Gólmodi.
  • José Val - Gólmodi.
Los dejo con unos cuantos videítos; algunas entrevistas y una de mis canciones favoritas. Ningún veinteañero que haya soñado con subirse a la nube puede faltar. ¡Auguro que va a estar pajita pulenta!

¡Grántico Pálmani Zum!














Imágenes: Facebook, RPP.

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29.1.09

Helado Inca Kola: de (ex) Sabor Nacional

El comercial lo vi ayer, pero la noticia la supe la semana pasada de un comentario que hizo Lorena en la oficina... "va a salir el helado de Inca Kola...", dijo, pero quedó como un comentario más del día y seguí haciendo lo mío.

El otro día, caminando frente a una bodega, vi un letrero pequeño encima de la congeladora de helados Donofrio que decía algo así como "¿¿ya probaste el nuevo helado??"... Carajo, eran casi las 10 de la noche y caminando por San Miguel no hacía mucho calor que digamos. Guardé mis ganas. Otro día será.

Hoy, Santos desapareció de la oficina y de pronto,regresó gritando... "¡¡¡Tengo helado Inca Kola!!!". Se lo quise quitar, pero por obvias razones no me dejó... Corrí, abrí la puerta, "¡¡¡heladeeerooooooo!!!", grité. El señor dio media vuelta a su carrito y ya eran dos personas más queriendo probar el helado de (ex) Sabor Nacional detrás mío.

Ah, no. Esta vez no me perdería de probarlo y tampoco lo vería de lejos anhelándolo. Por S/. 1.50 pude probar el nuevo experimento de Donofrio. ¿El sabor? Uhmmm... Muy parecido a la gaseosa, pero sin burbujitas (je, je, je). Dulce. Frío. Amarillo. Inca Kola.


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19.8.08

Para el recuerdo... los veintiuno...


Recorrí el baúl de los recuerdos el domingo que pasó, o, mejor dicho, “la caja” de los recuerdos… Yo me sentía medio mal de la panza, Ro andaba cocinando y me entró la locura por ver qué cosas había dentro de la caja que estaba hace siete meses debajo de mi humilde silloncito.

Encontré peluches, papelitos de carta, lapiceros y lápices a montones, cartas, monederos (vacíos… dammit!), cartucheras y un sobre con cuatro fotos: una de mi papá cuando era chiquito; otra de uno de los grupos de amigos que tuve hace un tiempo; había una de mi mejor amiga sonriendo a la cámara y con las pantuflas de tigre puestas; la última era una mía en la playa.

Siempre me gustó esta foto y al verla recordé uno de los mejores veranos que tuve. Me la tomó Yas en una noche que pasamos en San Bartolo en casa de Jazmín, una buena amiga de colegio. Tenía 21 años y me sentía tan dueña de la noche como de ese bikini que finalmente logré ponerme dejando de lado la vergüenza… La gordita en bikini había pasado del “qué roche, qué dirán si me ven así” al “a mí qué chucha me importa la gente” en tan solo cuestión de semanas. Para mí, ese resultó un logro inmenso de madurez absoluta veintiún-añera.

Recordé también lo bueno que fue pasar momentos con ellas; los más difíciles y los mejores de mi vida se llenaban aún más de anécdotas con sus ocurrencias y consejos. La bendita foto me hizo extrañarlas por completo: las salidas, los chismes, los cafés y las tardes de verano cuando aún éramos amas y señoras de nuestros tiempos libres de etapa universitaria.

Volteé la foto (por eso de que, tal vez, hay algo escrito o un bichito aplastado…) y me encontré con una dedicatoria. Era de Yas. Me hizo añorar aún más esas épocas que parecían eternas… pero sobre todo me hizo pensar en lo que había puesto con su lapicerito azul y que, efectivamente, tenía razón, porque ahora sé que valgo lo mucho que puede valer el hecho de tener la capacidad de ver la infinidad de la noche.

Se la enseñé a Ro. “Qué tal cara de chibola!”, me dijo… La cagada… Cómo envejecí en tres años... Hoy la traje a la oficina y la pegué en el corcho que tengo al lado de mi escritorio para verla, pero no para querer remontarme a ese tiempo, sino para recordar. Simplemente para recordar los veintiuno.

Gracias por la foto, Yas, y por los buenos recuerdos. Siempre.




11.7.08

Y finalmente, se acabó...

Cuánto tiempo esperé para que llegue este día... Recuerdo que en mi primer día de clases, en agosto del 2002, me pareció eterno pensar que en algún momento terminaría mi carrera y egresaría de la Universidad. Los ciclos me parecían interminables y las separatas para leer, las más largas del mundo.

Cuando pasé a facultad, la cosa cambió un poco: gente nueva, cursos interesantes, un espacio diferente... Me llegué a sentir más grande, más madura, por el simple hecho de ya no estar en Generales. Ahí me sentía en lo mío, ya no me tenía que preocupar por cursos que no me importaban un carajo, sino por aprender y tener nuevas experiencias en el campo por el cual estaba realmente interesada.

Estas dos últimas semanas han sido para mí como un recuento de los seis años que pasé en la Pucp. Pensé en lo bueno, lo malo y lo feo, por así decirlo, pero no encontraba cosas feas en mi haber universitario (salvo alguna que otra persona INNOMBRABLE que no vale la pena mencionar). Todo lo vivido en estos seis años ahora me parece increíble, tanto que no quiero irme de acá. Me dirán loca, trastornada, enferma mental, pero no quiero irme... no quiero... (estoy pensando seriamente en encadenarme a algún poste del campus).

El miércoles que pasó fue el último día de mi clase de Proyecto. Todos arregladitos y bien formalitos nos fuimos a almorzar a un hueco de mala muerte (para no perder la costumbre) frente a la Universidad, previa sesión de fotos en el Z. O sea, justo las últimas semanas en las que vamos a estar juntos en un mismo entorno las usamos para tomarnos fotos, salir a almorzar, irnos a chupar a avenidas cercanas de la Universidad y toda esa parafernalia que uno hace muuuucho antes de lo que a nosotros se nos ocurrió. Que sarta de babosoooooos!!!! Pero no puedo negar que me he divertido...

Nunca pensé que iba a extrañar tanto estas aulas, las cafetas (aunque nos atiendan maaal muuuy maaaaaaaaaal), los jardines, los guachis (ayer uno me recitó un poema!! Lindoooo!!), los chicos de los laboratorios del Z, las amistades que cultivé... Lo voy a extrañar todo... Todo menos a las tipas esas hijas de su madrecita de Mesa de Partes de Comunica (menos a Vianca, a ella sí la voy a extrañar. Hoy me llamó por mi nombre. Ni enterada que se lo sabía...).

Asu... ya mucha wada... mucha nostalgia...

A continuación, algunas jotitos (gracias a la Morena) como para que se me baje la tristeza, ¿no? O tal vez al verlas me ponga más triste aún... Maldición... qué voluble...





10.7.08

Chespirito en Lima: no contábamos con su astucia...

"Un Pisco Sour, por favor" fue lo primero que dijo al entrar a escena...

El día martes que pasó fue un día duro para mí: entrevista de chamba, recoger encargos, hacer un focus group, dejar encargos (en el culo del mundo)... y todo, todito, en tacos y ropa formal. Mis pies estaban tan desesperados por salir de esas botas que casi lograba escuchar sus gritos de lamento.

Llegué a mi hogar dulce hogar como a las 7:30 de la noche y lo primero que hice (por obvias razones) fue quitarme los zapatos y el pantalón. Fui al baño y mientras me lavaba las manos sonó mi celular. Realmente no hice caso, estaba tan cansada... que no jodan, que vuelvan a llamar si quieren... y efectivamente volvió a sonar: era Rogelio en una -supuestamente- llamada de rutina. "Dónde estás?", "En mi casa, acabo de llegar", "Quieres ver a tu ídolo, Chespirito? Alístate"...


Cuando me enteré que Chespirito venía a Lima puse el grito en el cielo, o más bien, en el counter de Teleticket. Desde ese momento -aproximadamente hace un par de meses- estuve casi todos los días diciéndole a Ro que quería ir, que tenía que verlo, que era mi sueño desde que era una ratona... En fin, el pobre andaba taaaan torturado... Pero al menos me dijo que había una ínfima posibilidad de que regalen entradas en su empresa. Posibilidad ínfima, pero posibilidad al fin y al cabo, ¿no?

Mis expectativas de ir al evento se esfumaron cuando me dijo hace un par de semanas que la entrada estaba carísima como para que lleguen entradas gratis a la empresa. Aquellas ínfimas posibilidades se estaban conviertiendo en nulas como también en nulas se convertían mis posibilidades de ver a Chespirito en persona.

¿¿¿Cómo rayos consiguió las entradas??? Hasta ahora no me quiere decir, pero solo sé que tuve la increíble oportunidad de ir a la Gran Noche de Estreno de la obra "11 y 12" el día martes y que desde la sexta fila pude verle hasta la última arruguita; hasta ahora no puedo creer que lo estuve viendo y adorando a este gran ídolo que me sigue arrancando risas y sonrisas.


Cómo olvidar al Chómpiras, al Chapulín Colorado, al Dr. Chapatín, a Chaparrón Bonaparte o al infaltable Chavo del 8. Cómo olvidar que cuando era chiquita (con cinco años más o menos) salía solita de mi casa con destino a la bodega más cercana para comprar una Coca Cola de vidrio personal (qué ironía... quién diría que es gracias a esta gaseosa que tuve mi entrada en la mano...) y un paquete de galletas de soda Field especialmente para ver el "Chavo del 8" echada sobre mi cama. Y cómo olvidar que hace tres días logré verlo en persona, finalmente!!!!

Por obvias razones no les voy a contar de lo que trata la obra, pero solo les digo que hay que tener los HUEVOS bien puestos para ir a verla.

Muy recomendable!!! Realmente fascinante!!!

Eres un ángel, Ro. Gracias por esta grata, gratísima sorpresa!!!

Aquí el primerito, primerito del Chavo... cómo cambiaron después las cosas...





Fotos: Peru.com

27.6.08

Un Chardonnay en la avenida Riva Agüero

Ayer (y hoy) fue cumple de Pablito ((8)Oooohhh!!! Maten a Timoteooooo!!!(8) jajaja) y lo celebramos entre nosotros y a todo dar, según yo. Conseguimos un vinito -un Chardonnay, para ser más exacta- y nos dirigimos al carrito guinda de Pablo. Paso siguiente: nos sancochamos (maldición! arregla tus ventanas, por lo que más quieras!) y nos fuimos al grifo Primax más cercano. La misión: encontrar un saca corchos lo antes posible o sino Susan moriría. Caso clínico: ansiendad-post-y-pre-depresión-sentimental-con-maloshumores-incluidos (jajajaja).

Finalmente logramos descorchar el vinito y ahora la cuestión era dónde rayos tomarlo. Sugerí un parquecito cerca de la universidad, como para no alejarnos mucho. Terminamos estacionados (no sé cómo, porque Pablito es bien caña monse...) frente a un parque en la avenida Riva Agüero, al lado de un pasaje no muy amigable y recorrido por sendas personas que no nos dejaban chupar en paz (por cierto, era la 1p.m.).

Comenzada la "sana" actividad de mediodía, empezaron también las fotos. Unas van y otras vienen y... terminamos casi lamiendo el poste que nos hacía compañía con su foquito apagado a esa hora del día. Susan con sus poses de "prosti" e Ingrid ni qué decir. La única que se salvaba era yo, por supuesto, un algelito personificado (¿?). Pablito posaba y posaba, y Daniel solo atinaba a reirse de nuestras estupideces. Debo citar también a nuestro querido Johan (más conocido como "Gregorio", por su genial parecido al chibolo que salía en esa película peruana de los años... ¿ochentas?) que llegó casi corriendo y se perdió la sensacional sesión de fotos callejera que protagonizamos.

Terminamos la tarde en el clásico (de este ciclo) restaurante "Las Delicias". Qué finos se nos veía comiendo menú y tomando vino... (Daniel, estaba rica tu alita broaster, no? jajajaja). Nunca me habían servido ají de gallina como entrada, pero qué bien que lo disfruté. Por suerte contábamos con la tecnología necesaria para preservar ese recuerdo (gracias, Flaquita, por siempre cargar tu camarita! Si hablara... qué no diría...).

Esta ha sido la última semana de mi vida universitaria. Nunca, en seis laaaargos años, me había divertido tanto como estos últimos seis meses y ayer, realmente, fue un cierre digno de la mejor etapa, sin dudas, de mi vida. La continuamos hoy, no Pablo?

He aquí algunas imágenes para delietaros. Enjoy!

 


































11.4.08

Cómplices


Cuando vi esta foto recordé los años que pasaron en la universidad. Tiempos que, bueno, no volverán, pero sí quedarán insertados como Triquina en mi disco duro. Tiempos que aun faltan por recorrer, pero son solo pequeños, pequeños tiempos.

Es increíble cómo, con el pasar del tiempo, vas encontrando a aquellas personas que te acompañarán a lo largo de tu recorrido. Sea una, dos, cinco u ocho las personitas especiales que te iluminan el día, se convierten en algo así como tus cómplices y no solo para el estudio propiamente dicho. Se convierten en cómplices para la alcahuetería, las faltas a clase para ir a chupar, el apoyo en las buenas y malas, el hombro cuando quieres llorar o simplemente en el ser que requieres cuando sientes la imperiosa necesidad de rajar de alguien o contar tus más angustiosas penas.

Y es que siento que yo ya encontré a mis cómplices; chicas con las que puedo saber que cuento en el momento oportuno. Sé que las quiero muchísimo y que ese helado de la semana pasada en la Feria del Libro fue motivo perfecto para congelar dicho reencuentro. Sé que cuando vean esta foto dentro de unos años y no estemos juntas se acordarán de todas las cosas que vivimos en estos maravillosos años de universidad. Sé que cuando me necesiten voy a estar ahí para ellas así sean las cuatro de la mañana y esté zampada en algún antro limeño (ja!), chambeando como loca en alguna redacción o simplemente durmiendo bajo siete cobijas. Sabemos, todas, que nos tenemos.

Muchas gracias, Nico, por la fotografía. Si no hubieramos compartido esos tallarines verdes ese día, nada sería igual.

[Las Tortuguitas de izquierda a derecha: Ingrid, Karlita, Lichi, Yo (que parezco una marmota gorda y feliz), Morena y Belu]

(Ojo: falta Chiara "La Bella" en la foto... No se moleste, señorita, usted nos abandonó esa semana...)
(Nota: Soy yo la única que no tiene helado y no es que esté a dieta, no, es que me lo tragué tan rápido que ni me acuerdo de qué sabor era...)