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13.3.12

¿Por qué nos dejaste?


Llegué del colegio, como siempre antes de las 4pm, y mi hermano me recibió con la peor noticia: "tu Dalina favorita se murió". Yo no tenía idea de lo que había pasado y creo que no vi el programa el domingo anterior, porque la novedad me cayó como un baldazo de agua helada.

Exactamente, no recuerdo qué sentí, solo pensé "ojalá sea una mentirita" y un cuchillo en mi estómago me atravesó. No lloré; no me acuerdo o no quiero acordarme. Fue demasiado triste. Es demasiado triste.

No entiendo qué era lo malo que podía pasar por la mente de esa mujer tan bella que hacía que me despierte los sábados y domingos antes de las 8 de la mañana para verla bailar, reír, jugar; para empezar el día con un Grántico Pálmani Zum.

Yo, por supuesto, bailaba con ella y aplaudía para que el equipo rojo gané la batalla siempre. Sentía que yo tenía la magia y el poder para hacer mil cosas, y me cuidaba mirando a todos lados esperando llegar al fin de semana, no para comerme un helado de frambuesa o para pasear en bicicleta, sino para verla, solo para verla.

No hay muerte, hasta ahora, que me duela más. No puedo leer acerca de ella, ni ver videos en los que aparezca, porque inmediatamente me siento inmensamente triste, como con un vacío en el estómago y con mil preguntas en la cabeza que ella jamás podrá absolver.

Tengo pensado ir a dejarle flores algún día y ver si es que alguien más se acuerda de ella, si es que ese pastito alrededor de donde está, se encuentra adornado y tiene más colores que ese simple verde planta.

Hoy, son 18 años desde que nos dejaste, Mónica.

¿Por qué?

9.3.12

De vinchas, ganchos y otros demonios


Siempre me gustaron las vinchas, pero de pronto, un día, las dejé de usar. Creo que ya no se veían muy de moda en mi tardía adolescencia y lo último que quería era verme como taradita en esa época en la que alucinas que todo el mundo te mira y se burla de ti. Una vez superado el teen-trauma, pude volver a los accesorios de pelo.

Y digo "pude volver" porque me acuerdo claramente cómo mi madre decoraba mi cabeza con adornos de todo tipo hasta el punto de parecer un empaque de regalo navideño. Ganchitos, ganchotes, vinchas, colletes pomposos, ligas de la Barbie... Todo para que se me vea "más presentable".

Revisando mi pasaportes antiguos, vi la foto y me acordé de ese moño de cintas azules, rojas y blancas. Creo que en ese entonces se usaba mucho la combinación tipo escocesa: rojo-azul-blanco, rojo-verde-azul, guinda-azul-verde y demás colores nada infantiles. Creo que mi progenitora me trajo el bendito accesorio de un viaje que hizo a los yunaites; combinaba a la perfección -además de con mi ropa de niña buena- con mi pulcro y pituco uniforme escolar.

Otro moño interesante que se puso de moda fue el de los cientos de pasadores de mil colores que siempre venían en degradé. Mi modelo tenía tonos neón, recontra noventera yo. Por supuesto, antes de ponerme el gancho, mi madre o mi hermana (a quien le tocara peinarme) tenían su bien aprendido ritual: primero me hacían una cola bien ajustada que me dejaba china, me ordenaban los pelitos sobrantes con un poco de agua (agua que no siempre tenían a la mano, entonces me jalaban de la cola hacia el baño), peinaban bien bien con el antiguo cepillo rojo Goody y coronaban con el gancho del mal (¿¿acaso no se daban cuenta de lo horrible que puede verse la combinación liga-moño??). No salía de casa sin mi cabeza decorada.

Las vinchas eran otra jarana; mi madre las utilizaba para quitarme el pelo de la cara y para que no se me vea "más oscurita", porque ella tenía la teoría de que una niña gordita y de color capulí (¡so sorry, ese es mi color!) se vería más gordita y más capulí si andaba por la vida mal vestida y con el pelo desordenado, así que las tenía de todos los colores, y si podía usar la combinación vincha-cola de caballo-gancho, ¡más feliz se ponía!

Los ganchos y las vinchas me gustaban, pero creo que era la manera en las que me los hacían usar y los rituales antes de salir de la casa los que no me emocionaba. Felizmente, no me ha pasado como con la cera. Esta vez no me traumaron y ahora tengo una bonita colección de cochinadas para el pelo que uso cuando puedo, pero, eso sí, estas no me dejan china.

23.2.12

Mi bozo adolescente


Me imagino que muchas niñas y adolescentes deben tener un bozo pronunciado. Yo no consideraba tenerlo. Es más, no me di cuenta de su presencia hasta que mi madre lo mencionó en algún momento entre mis 12 y 16 años. Pero no solo lo mencionó, sino que trató de eliminarlo, de borrarlo de la faz de mi rostro a como diera lugar.

Uno de sus intentos (el más radical) lo realizó en la peluquería de Gladys. Era un día común y corriente, uno de aquellos en los que vas a cortarte el pelo y a leer revistas de esas que no compran en tu casa. De pronto, a mi progenitora no se le ocurrió mejor idea que preguntarle a Gladys si el blondor se podía usar también en la cara, "como para que no se le vea tan oscurita a mi hijita".

Creo que tenía unos 14 o 15 años y me quedé sentada en la silla de la peluquera viendo cómo esa mala mujer preparaba su mezcla tóxica en un plato hondo de plástico. Me dejé aplicar la decoloración en la cara, en toda la cara... Sí, me dejé como una monga, dejé que me pusieran ese líquido apestoso por unos 20 minutos para que haga efecto, "pero en el contorno de los ojos no, porque arde"...

No sé qué fue peor, si ver a mi madre feliz porque los vellos de mi cara estaban finalmente rubios (su sueño hecho realidad) o notar que, efectivamente, estaban rubios todos, menos los del contorno de los ojos... Sí, parecía un oso panda, un gran oso panda.

Su segundo intento (y el último, porque decidí tomar posesión de mi cuerpo y que nadie le haga nada que yo no quiera) fue entre los 15 y 16 años, y bien lo recuerdo. Andábamos en Saga, caminando, viendo ropa, relajadas en una tarde de fin de semana. De pronto, el demonio personificado se acercó: "señora, ¿no desea llevar cera depilatoria en oferta?". No recuerdo bien si la cara de mi madre se iluminó por la oferta o porque se imaginaba qué es lo que me haría con la cera...

Segundos después, ya tenía esa cera caliente sobre mi bozo. La promotora sin corazón le había hecho caso a mi madre y me había aplicado ahí mismo, en el pasillo de la tienda, el producto, "para que vean lo efectiva que es", pero no sin antes echarme talco a la zona. Claro, y como existe gente bien chismosa, se aglomeraron a mi alrededor, en una especie de círculo de sacrificación satánica. Pobre yo, pobre mi bozo, pobre mi adolescente bozo.

Otros segundos más después, esta otra mala mujer tiro de la cera seca y mi bigotito desapareció. Me echó una crema post trauma y mi madre se sintió nuevamente realizada "porque la más oscurita de la familia ya no tendría pelitos de más en la carita". Caminó hacia la primera caja que encontró a su paso con su (mi) cera depilatoria en oferta en las manos. La pagó y nos fuimos a casa; ella, feliz por haber comprado un maravilloso botín, y yo, enrojecida y adolorida.

De ahí en adelante, si hay que arreglar asuntos entre mis vellos y yo, me ocupo personalmente de ellos. Ahora que lo pienso, creo que es por el trauma que no voy a ningún spa a que me hagan la cera...

28.9.10

Mi hermano, el gigante


Gracias a él tenía que prender las luces de noche y revisar tras la cortina del baño para ver si estaba Freddy Krueger. Me asustaba diciendo que Poltergeist me iba a llevar. Apuntaba en mi agendita telefónica de Mickey Mouse los teléfonos de La Mosca y Pablito Ruiz. Una vez me rompió la carátula de mi cassette de Vilma Palma e Vampiros y me tiró los pedacitos en la cara.

Yo perseguí con un palo a su amigo por todo el pasaje donde vivíamos, mientras le gritaba "¡¡¡te voy a matar!!!". Golpeé el suelo a propósito para que él pensara que me había golpeado, me puse a llorar de mentiritas y él subío corriendo a abrazarme; yo le pateé los huevos cuando me cargó. Para despertarlo, me sentaba sobre su poto cuando él estaba bocabajo y yo saltaba encima. Descubrí que guardaba su plata en una lata de Pringles y él se dio cuenta, así que me dejó un mensajito: "enana de mierda, no toques mi plata".

Él y yo hemos sido muy unidos, al menos eso siento. No sé si es factible decir que a él lo quiero más que a los demás, pero es una idea que frecuentemente se me pasa por la cabeza. Es que hay millones de cosas que me hacen sentirlo, como cuando llegó de sorpresa -después de tiempo que no pisaba Lima- y nos dijo "hola", como si nada; casi me da un paro en plena calle. Qué roche.

Me acuerdo cuando mi mamá contaba que él sacaba su promedio de matemáticas para ver con cuánto tenía que pasar el examen final en el colegio. Muchos no daban un centavo por él en los estudios. Hoy es un gigante (y no solo de altura) en lo que más le gusta: los bichos. Pronto se irá a Estados Unidos a hacer su doctorado, becado; justo el otro día le preguntaba cómo podía ser posible que estudie tanto y tanto, ¡por 4 ó 5 años más!

No sé cómo hace para memorizarse los nombres larguísimos de esos insectos que le apasionan... Yo le señalo alguno de los que tiene en su laboratorio y me dice "esta es una Hadrostethus eberhardi, de la familia Ichneumonidae y del orden Hymenoptera...". Yo a las justas puedo pronunciar mi nombre, creo.

Cuando lo visito me muestra todas sus publicaciones y los estudios de entomología que está haciendo... ¡en inglés! Sabe que solo entiendo los artículos y conectores (porque lo demás es incomprensible si no eres de su especie), pero aun así me da sus papeles para que los lea. Yo lo jodo y le digo que no entiendo nada, pero la verdad es que me encantaría abrazarlo y decirle cuánto lo admiro por ser tan amante de lo que hace. Seguro se da cuenta de que no entiendo, porque me sienta junto a él frente a la compu y me explica un poco más su chamba.

¡Cómo lo quiero cuando es tan paciente! Una vez me enseño eso de familia, género, orden y subgrupo de las especies, con una ruma de zapatos que iba sacando del ropero. También me enseñaba matemáticas cuando yo estaba en secundaria, pero terminaba diciéndome "¡no seas bruta!" cuando no entendía algo. Él no cerraba el libro y me mandaba a la michi, sino que volvía a explicarme el problema para que me entre de una buena vez, haciendo garabatos lindos con su lápiz en una hoja de papel.

Casi nunca lo entiendo en sus fórmulas y huevadas científicas, porque él es de otra especie, me parece. Debe ser de una especie opuesta a la mía (o sea, no-bestia), pero tan parecida a la vez. Hoy comíamos Cuates a la misma velocidad; de eso me di cuenta sin que él lo supiera. Nos parecemos mucho, creo que por eso lo quiero tanto.

Lito, cuando yo tenga 80 años y tú, 88, sígueme diciendo enana mostra y golpeándome la frente con una cuchara cuando no te entienda. Pero hazlo suavecito, ¿ya?

10.8.10

El Tip Top de siempre

Mi mamá y yo siempre hemos sido bastante tragonas. Por ejemplo, cuando era niña, los martes siempre iba María a la casa, una empleada súper buena onda que cocinaba para toda la semana. Entonces, como para el martes no había comida, mi mamá nos llevaba, a Julio y a mí, al KFC o al chifa E.Pon, los dos en la avenida Aviación.

Otro de los grandes antojos era ir a una esquina de Santa Beatriz por unos ricos anticuchos, a comer de carretilla, con su ajicito más, o a Magdalena, a la dulcería Santa Rosa, en donde siempre pedía frejol colado y en donde vendían "pastillas de chiquitolina"; nunca las pedí, tenía miedo de encogerme...

Si estaba de suerte, podíamos terminar con una orden de hamburguesas, papas fritas y chicha morada en la panza. ¿Dónde? En ese gran restaurante de los deliciosos helados de cono que casi nunca me dejaba comer mi mamá. En el Tip Top, ese Tip Top de siempre.

El Tip Top era genial, y lo mejor era que te traían la comida en una bandejas que encajaban perfectamente en los vidrios del carro. Amaba ver venir a los mozos con sus corbatitas michi con esas bandejas de metal en las manos, mirando hacia nosotros, como avisándonos que ya llegaba el majestuoso pedido.

No sé porqué dejamos de ir, pero simplemente un día el Tip Top desapareció de mi vida. Siempre lo veía de lejos y no me atrevía a volver. Un día quise regresar con una amiga, pero me dijo que habían bajado la calidad y que las hamburguesas estaban horribles.

El sábado pasado, después de 15 años de ausencia, volví a sentir ese mismo aroma que me transportó inmediantamente al Dodge Dart verde agua del 68 de mi mamá. Cerré los ojos y no dudé ni un segundo en pedir unas papas fritas, como las de antaño, y un Milo Shake bien heladito sin importar que era medianoche.

Eso que dicen acerca de que los olores realmente nos llevan a momentos inimaginables y dejados en nuestro rincón cerebral del olvido, es totalmente cierto. Y si no me pedí una cheeseburguer fue porque no tenía mucha hambre, pero prometo regresar a ese Tip Top de Lince, el de siempre.

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10.7.08

Chespirito en Lima: no contábamos con su astucia...

"Un Pisco Sour, por favor" fue lo primero que dijo al entrar a escena...

El día martes que pasó fue un día duro para mí: entrevista de chamba, recoger encargos, hacer un focus group, dejar encargos (en el culo del mundo)... y todo, todito, en tacos y ropa formal. Mis pies estaban tan desesperados por salir de esas botas que casi lograba escuchar sus gritos de lamento.

Llegué a mi hogar dulce hogar como a las 7:30 de la noche y lo primero que hice (por obvias razones) fue quitarme los zapatos y el pantalón. Fui al baño y mientras me lavaba las manos sonó mi celular. Realmente no hice caso, estaba tan cansada... que no jodan, que vuelvan a llamar si quieren... y efectivamente volvió a sonar: era Rogelio en una -supuestamente- llamada de rutina. "Dónde estás?", "En mi casa, acabo de llegar", "Quieres ver a tu ídolo, Chespirito? Alístate"...


Cuando me enteré que Chespirito venía a Lima puse el grito en el cielo, o más bien, en el counter de Teleticket. Desde ese momento -aproximadamente hace un par de meses- estuve casi todos los días diciéndole a Ro que quería ir, que tenía que verlo, que era mi sueño desde que era una ratona... En fin, el pobre andaba taaaan torturado... Pero al menos me dijo que había una ínfima posibilidad de que regalen entradas en su empresa. Posibilidad ínfima, pero posibilidad al fin y al cabo, ¿no?

Mis expectativas de ir al evento se esfumaron cuando me dijo hace un par de semanas que la entrada estaba carísima como para que lleguen entradas gratis a la empresa. Aquellas ínfimas posibilidades se estaban conviertiendo en nulas como también en nulas se convertían mis posibilidades de ver a Chespirito en persona.

¿¿¿Cómo rayos consiguió las entradas??? Hasta ahora no me quiere decir, pero solo sé que tuve la increíble oportunidad de ir a la Gran Noche de Estreno de la obra "11 y 12" el día martes y que desde la sexta fila pude verle hasta la última arruguita; hasta ahora no puedo creer que lo estuve viendo y adorando a este gran ídolo que me sigue arrancando risas y sonrisas.


Cómo olvidar al Chómpiras, al Chapulín Colorado, al Dr. Chapatín, a Chaparrón Bonaparte o al infaltable Chavo del 8. Cómo olvidar que cuando era chiquita (con cinco años más o menos) salía solita de mi casa con destino a la bodega más cercana para comprar una Coca Cola de vidrio personal (qué ironía... quién diría que es gracias a esta gaseosa que tuve mi entrada en la mano...) y un paquete de galletas de soda Field especialmente para ver el "Chavo del 8" echada sobre mi cama. Y cómo olvidar que hace tres días logré verlo en persona, finalmente!!!!

Por obvias razones no les voy a contar de lo que trata la obra, pero solo les digo que hay que tener los HUEVOS bien puestos para ir a verla.

Muy recomendable!!! Realmente fascinante!!!

Eres un ángel, Ro. Gracias por esta grata, gratísima sorpresa!!!

Aquí el primerito, primerito del Chavo... cómo cambiaron después las cosas...





Fotos: Peru.com